jueves, 22 de septiembre de 2011

blanco y negro.


Se levantó del sillón blanco, y caminó descalzo, cruzando el pasillo hacia el dormitorio, rozando apenas al caminar las paredes blancas. Las cortinas ondeaban apenas en su blancura; contó sin pensarlo ocho gardenias en el vaso de cristal. Cerró la puerta blanca con llave, y abrió el armario de madera nívea: el armario de la ropa blanca. Toallas blancas, sábanas blancas.  Al fondo encontró la caja de cartón blanco, la caja que guardaba, envuelta en varias vueltas de gasa, una única foto.  

Volvió a verlo ahí,  parado en la calle de adoquines negros;  ahí estaba, vestido de negro, el rostro cruzado por la negrura de su enojo, el puño cerrado, el anillo negro, brillando contra la piel opaca.  El resplandor sombrío extendiéndose a sus pies,  la humedad negra de la lluvia recién caída, las nubes oscuras detenidas en el cielo negro.  Las gotas de petróleo dejando un rastro viscoso en su huella recién pisada, cayendo, una a una, y otra vez, sobre su mano sosteniendo la foto.


Aprendizaje nocturno

aprendí cuatro cosas muy valiosas esta noche acerca de la economía política de las letras, a saber:
(1) mi m no solo es de monógamo, también es de mediocre;
(2) Saber se puede escribir también con Sténcil;
(3) la ambigüedad de la i es inagotable, tan importante como intrascendente;
 (4) sin importar lo que diga o escriba, letra tras letra, la gente lo reproduce como quiere, total... ¿qué importa? son letras, nada más.

buenas noches. 

sábado, 13 de agosto de 2011

Regreso sin gloria

No escribo nada en este sitio desde abril. Hay dos razones: pasó de todo y, en definitiva, no pasó nada. Viajé, eso sí. Fui a Nueva York y a Estambul. Pasé por Bucarest, me detuve en Bruselas, bajé y subí en Granada, estuve en Madrid. Volví. Faltan unos días nada más para que tenga que viajar de nuevo. Después de diez años San Francisco otra vez. Y otra vez Bruselas, para una primera vez -el foro intersex de la ILGA.
Y entonces pasa lo siguiente; desde hace dos días pasa lo siguiente: le llevo a mi médico un estudio que completé hace tres meses, un estudio que dio "bien" según la médica que lo hizo, y que dio "nadaporloquepreocuparse" según mi médico que no alcanzó a verlo. Para qué ir hasta allá, pensé yo, si dio bien y no es nada por lo que preocuparse. Lo llevé cuando volví, y pasó un mes, y pude. Y mi médico sigue diciendo lo mismo, "nadaporloquepreocuparse" pero por las dudas cirugía y biopsia. Sin urgencias, pero por la cirugía pensada cobra tanto y si tiene que seguir más allá cobra un tanto más. Lo que sea que sea que tengo adentro, quiero que me lo saquen en el acto y que acto seguido me digan si voy a vivir o a morir y, por supuesto, cuándo. Salgo del consultorio con pedidos y órdenes, me siento en la puerta, me paro, vuelvo a subir. Si me van a sacar algo que me saquen todo, le digo, y me espanto: mi médico asiente, y calibra. Si estás decidido a ser un tipo entonces estaría bien que te sacaras todo, me digo, y lo miro incrédulo. Hace 25 años que estoy decidido y nunca deja de sorprenderme la facilidad con la que la gente le encuentra sentido a la combinación entre masculinidad y cirugía.
Pasa una noche, el sueño sostenido en una decisión ya tomada. Al mediodía voy a mi obra social a ver a una médica que me han recomendado. Me dice exactamente lo mismo que mi médico, me dice que no hay apuro, que me vaya de viaje, que me vaya y vuelva y me opere después. La diferencia es que no va a cobrarme ni el tanto ni el tanto más, y que lo que gano podrá ir a comprar por fin una mesa y construir por fin una mesada en lugar de ir a parar a honorarios médicos. Y me felicito por la solución; después de todo, me digo,  lo mejor es que esté enfermo en una casa presentable, porque si tengo cáncer nadie sabe quién podría venir a visitarme.

jueves, 28 de abril de 2011

Lo que nosotros no somos, I

Miró las líneas del mail. Una, dos, tres veces. Miró el remitente. Miró el archivo adjunto. Miró la hora. Cerró los ojos, y calculó. Habían pasado ocho años. Nueve años. Abrió los ojos y miró por la ventana. Ahí estaba el mismo edificio de piedras grises que miraba desde hacía por lo menos cinco. Un árbol, otro árbol. Una mujer que pasaba, un hombre, otro hombre. Después de nueve años, un mail. Ahí era verano. Y allá, donde el otro estaba, era invierno.
Allá donde el otro estaba. ¿Se las habría ingeniado para quedarse y desaparecer? ¿O habría tenido que cambiar de nombre, de profesión, de nacionalidad y de hemisferio? Eso era lo que él había hecho. Y aún así lo había encontrado.

Nueve años antes se habían despedido por un momento. El otro había subido a su habitación del hotel donde se hospedaba a buscar un libro que quería devolverle. El lo había esperado abajo, mirando un partido de voley en la televisión, hasta que se cansó de esperarlo. Le dejó un mensaje en la recepción, "me fui a cenar, vuelvo más tarde". Regresó a la mañana siguiente; su amigo se había ido a la madrugada. Ningún mensaje. Y para cuando volvió a su casa, en fin: la vida había cambiado.

Los activistas son activistas siempre, decía su amiga, y él lo había creído -hasta que dejó de creerlo. No había sido la plenaria más larga, pero había sido interminable. Y él había terminado por irse aún antes del final, abandonando su lugar en la mesa, abandonándolo a su suerte de mártir. Activistas. El, y el otro, habían sido activistas. Y durante años creyó que el otro había muerto.

O algo parecido. Es cierto:  no lo buscó. La gente le preguntaba por su paradero, pero él jamás preguntó. El otro había desaparecido después de aquel congreso y, poco tiempo después él también había desaparecido.

El otro empezaba diciendo, por supuesto: "tengo tu libro". Luego, de la nada, insistía. Tenemos que vernos. Y luego anunciaba.
Estoy listo.

A. cerró la ventana. Eso se decían, de vez en cuando, como chicana, advertencia o punto final. Estás listo. Hermano, estás listo. Fuiste. Estás listo. Escribió rápido: ¿Estás listo?

La respuesta llegó unos minutos después.

Tenemos que vernos. Sé dónde está. Y estoy listo.

28 de abril

El progreso, otra vez: han comenzado a demoler la casa de al lado para construir un edificio. Demoler la casa implica, además, cortar sus árboles. La palta y la rosa china del frente, otra palta, un fresno y un palo borracho de atrás. No se irán solamente los árboles, sino también todos los pájaros que anidan en sus ramas. Y algo de la belleza del mundo se irá para siempre con ellos.

domingo, 17 de abril de 2011

Desconfío de tu cara de informad*.

"Digámoslo de entrada: no tengo 'filosofía' del amor. Ni de la amistad. Y no pretendo imponerme el objetivo de construir una. Siempre me ha parecido que más valía desconfiar de las teorías del vínculo amoroso o amistoso, de las filosofías del sentimiento, de la afección, del deseo, del placer... Pues todo acercamiento que pretende ser definitivo y sintetizante, en estos ámbitos, corre el riesgo de ser, si no normativo o prescriptivo, al menos restrictivo, limitativo, y contener, en todo caso, una decisión moral que, al apoyarse sobre algunas experiencias relacionales para presentarlas como formas universales, es susceptible de excluir otras formas y, con ellas, a los individuos que las viven."




Didier Eribon, Para escapar del psicoanálisis, p 35. 

sábado, 9 de abril de 2011

Signo más.

Hace unos meses atrás estuve en una conferencia internacional. A lo largo de los cinco días que duró esa conferencia escuché, muchas veces, y de muchas personas, que ya era hora de incluir a las personas intersex. La I de intersex aparecía cada tanto al final de la sigla LGTB: LGTBI. Y se hablaba también de las "cuestiones intersex", sin mayor desarrollo que ese "cuestiones" que tanto parece decir y que, sin embargo, compromete tan poco. Hubo quienes me preguntaron acerca de la posibilidad de crear, con vistas a una próxima conferencia, el espacio político destinado a asegurar la participación plena de las personas intersex. Hubo quienes se lamentaron de que no hubiera más personas intersex que yo en esa conferencia, y me preguntaron qué podían hacer para que hubiera más, muchas más, en su próxima edición. "Faltan un par de años", me dijeron. "Tenemos un par de años por delante para hacerlo posible", aseguraron. 
La conferencia, como dije, duró cinco días. Y a lo largo de esos cinco días fui a un acto de inauguración y a otro de cierre, a una marcha, a talleres y a plenarias, a un caucus y una asamblea, a un par de fiestas y  a varias reuniones. Me encontré con amig*s que hacía tiempo que no veía, con compañer*s de trabajo, con un antiguo amor, con gente de mi país y de otros lugares del mundo. Y también con personas intersex. Y con personas intersex activistas. Con personas intersex que son activistas gays y lesbianas. 
Eso fue exactamente lo que pasó. Desde los discursos pronunciados por la organización de la conferencia hasta las conversaciones en el desayuno repetían lo mismo, e ignoraban lo mismo: en ese momento y en ese lugar había no una, sino al menos una decena de personas intersex. 
La mayor parte de quienes eran intersex en la conferencia habían sido intervenid*s quirúrgicamente en su niñez y/o su adolescencia. Dos tenían genitales literalmente destrozados por las cirugías. Seis no hablaban ni de sus cuerpos ni de sus experiencias intersex con nadie que no fuera su pareja, su médic* u otra persona intersex. 
Al promediar la conferencia coordiné un taller sobre intersexualidad. Ya que todo el mundo estaba interesado en abrir el espacio a esas personas intersex que no estaban ahí, pero llegarían a estar, mi propuesta fue hacer una suerte de ensayo general. Distint*s participantes leyeron biografías intersex como si fueran suyas, y el resto de l*s participantes trabajó a partir de esas historias, discutiendo colectivamente la manera de traducir las consabidas "cuestiones intersex" en una agenda de derechos. Hacia el final de la actividad, tres participantes hicieron su coming out como personas intersex. Se pararon, dijeron sus nombres, su procedencia, y también dijeron "soy travesti, e intersex"; "soy lesbiana, e intersex"; "soy gay, e intersex". El resto de l*s participantes se quedó en silencio, mirándol*s. Nadie se movió. Recordé a l*s participantes que el taller era un ensayo; eso que acababa de pasar, ficcionado, iba a pasar dentro de algunos años, en la próxima conferencia. Eso era que lo ell*s mism*s querían que pasara: más personas intersex. Más activistas intersex. Más visibilidad intersex. Más cuestiones intersex. Más de lo mismo.